Es que Chemén, además de estar al frente de la comunidad Bet El
junto con el rabino Daniel Goldman, participa de varios grupos de
diálogo con personas de otros credos, como el Foro de Diversidad
Religiosa del Inadi.
“A veces me siento una porquería, cocinando
porque el viernes a la noche vienen a casa (por el Shabat), con el
texto viendo qué voy a decir en el sermón (del sábado en el templo),
y tratando de estar conectada con la Divinidad para que le pase algo
a la congregación”, continúa con la chanza y se ríe.
Casada en segundas nupcias y con dos hijos que criar (uno de cada
matrimonio), Chemén es una de las ochenta personas que egresaron del
Seminario Rabínico Latinoamericano Marshall T. Meyer desde que se
fundó hace casi medio siglo. La primera mujer en recibirse fue la
argentina Margit Baumatz, en 1994. A ella la siguieron ocho más.
Chemén reconoce que su vocación religiosa se fue delineando
gracias a un hogar en el que la tradición no se cargaba con el peso
de una obligación, sino que era transmitida como una caricia. “Mi
familia cumplía con las festividades, con el encuentro de los
viernes por la noche en una cena especial en casa, mi abuelo traía
la carne kosher (tratada acorde a la legislación de alimentación
judía) del Once, pero todo con muchísimo amor a la tradición, no con
temor”, rememora.
Su vínculo con la vida comunitaria se inició durante la infancia,
cuando eligió cantar como ofrenda a quienes acudían a orar a la
sinagoga, “desde un lugar de muchísima emoción, que tenía que ver
con el rezo cantado y con lo que la gente te devuelve de lo que la
voz le produce”.
Ella, como muchas y muchos en el judaísmo, comenzó a oficiar
ceremonias religiosas desde muy joven, algo a lo que están
habilitados todos los creyentes. De hecho, mucho antes de que
terminara su formación en el Seminario Rabínico ya la llamaban “rabina”.
Se asume como parte de su congregación y no en un lugar de
privilegio que le permitiría intermediar entre Dios y el pueblo. “No
tenemos la potestad de bendecir, ni de realizar sacramentos en
nombre de Dios. Nosotros, en el mejor de los casos, invocamos la
bendición de Dios sobre la congregación”, explica.
“No hay un solo judaísmo”, afirma esta religiosa que en su
genealogía cuenta con un bisabuelo, llegado de Siria, que oficiaba
también como rabino, pero ortodoxo, no como su bisnieta –a la que no
conoció– que elegiría un movimiento liberal para encauzar su
experiencia religiosa. “Por ser mujer no me podría haber parado en
ningún púlpito ortodoxo”, compara.
Como en el cristianismo, en el judaísmo también hubo una Reforma,
fue en el siglo XIX, cuando las sociedades modernas se empezaban a
perfilar aquí y allá. Fue entonces cuando se originaron tres grandes
movimientos dentro del judaísmo: el ortodoxo, el conservador y el
reformista. “El movimiento conservador, que es al que yo pertenezco,
toma el apego a la ley de la ortodoxia y le suma la lectura moderna
de la Reforma.”
La palabra “conservador” para nominar a este movimiento no remite
al mismo significado que en política. “Se consideraba que conservaba
lo que la Reforma desperdiciaba. Las tradiciones liberales
(conservadora y reformista) permiten tener abordajes más amplios.
Los movimientos que vamos creciendo con la historia intentamos
encontrar en el texto bíblico guías que nos enseñen a vivir este
tiempo”, explica Chemén y ejemplifica: “En la Torá (los cinco
primeros libros de la Biblia, que para los cristianos se llama
Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio) se
dice que las mujeres tenemos prohibido vestirnos como varones.” Si
para las mujeres de la ortodoxia esta interdicción implica la
imposibilidad de usar pantalones, para las del movimiento
conservador no. “Son interpretaciones –señala–. Yo, que estoy
vestida con pantalones, también cumplo con esa ley, porque no estoy
vestida de varón.”
LA CONVERSACION
La liberación con respecto al cumplimiento de ciertos preceptos
es una línea divisoria que algunas mujeres religiosas se animan a
cruzar para acercarse a un lugar de mayor paridad con los varones.
“De acuerdo a una interpretación de la ley no estamos obligadas, por
ejemplo, a rezar tres veces por día, porque deberíamos dedicarnos a
las tareas del hogar. Pero en el movimiento reformista como en el
conservador las mujeres tienen un nivel de igualdad que está
relacionado con el desarrollo del mundo moderno en que vivimos. Si
somos las mujeres las que trabajamos igual que los hombres y son los
varones los que cambian pañales y preparan la comida, por lo tanto,
respecto del ritual, que estemos liberadas quiere decir que también
tenemos la opción de elegirlo de vuelta”, señala Chemén, que ha
optado hace rato por el ritual de frenar tres veces por día la
vorágine cotidiana para rezar, un acto individual que la une al
resto de judíos y judías dispersos por el mundo. “Cuando rezás, se
construye un santuario simbólico, como una conciencia colectiva.”
El séptimo día de la semana judía, el Shabat, destinado al
descanso, comienza el viernes con la puesta del sol y termina el
sábado después del anochecer. Durante ese día se ora, se canta y se
predica. Los sábados, Chemén suele realizar la lectura de la Torá
–que está dividida en 54 partes, que corresponden a los sábados del
año– en el templo Bel El. Nadie recuerda haberla escuchado nombrar a
Dios en sus sermones. “No me creo con capacidad de poder definir eso
que me trasciende, creo en el misterio”, dice.
Pero el misterio, en este caso, no tiene que ver con el más allá
o con la contemplación de lo inasible. “El ideal para los judíos
tiene que ver con una vida colectiva y con un compromiso muy fuerte
en esta Tierra y en este tiempo, acá se juega el partido”,
sintetiza.
Como una “civilización religiosa”, así concibe al judaísmo.
“Tiene normativa y conflictos, pero tiene un principio religioso
porque está fundada en la fe, en la mirada, en el ideal de un solo
Dios como principio de autoridad máxima”, resalta.
La “normativa”, esas leyes que regulan los préstamos monetarios,
la alimentación, el ritual, el cuidado de la salud y hasta las artes
para enamorar, está escrita en el Talmud, esa obra escrita en arameo
que recoge desde hace siglos las discusiones rabínicas sobre
tradiciones, costumbres, leyendas e historias judías.
“Editorialmente es una obra descomunal”, comenta fascinada. La
página del Talmud, a diferencia de lo que sucede con los textos
occidentales, es redonda. Circularmente se ubican las sucesivas
interpretaciones que fueron surgiendo en diferentes momentos
históricos, “una es del siglo XI, otra del siglo XIII, discuten como
si estuvieran en la misma mesa. Esto me habilita a mí a estar
absolutamente invitada a esta mesa de conversaciones, porque el
judaísmo unívocamente no dice nada. Nosotros no sólo somos usuarios
de una tradición hermenéutica, sino que somos responsables de la
hermenéutica de este tiempo”, se hace cargo.
En estos textos circulares que dialogan y discuten sobre temas de
lo más variados, hay fuentes que sostienen, por ejemplo, que la
sexualidad existe sólo para dar curso a la procreación. Pero hay
otras voces que en el mismo Talmud dicen que la mujer puede pedir
divorcio si no goza sexualmente. “Partiendo del principio de que
fuimos creados a imagen y semejanza de Dios, no podríamos pensar que
la sexualidad, que es parte de nuestra constitución, es algo
deleznable, detestable, que es la carne sucia frente al espíritu
limpio”, apunta.
No resulta extraño que para esta rabina de nuevo cuño no exista
algo así como el pecado original, ni tampoco una primera mujer
culpable de todos los males de este mundo. A sus ojos, Eva, ésa que
se animó a probar del fruto del conocimiento es, en todo caso, una
transgresora. Y como tal la reivindica. “¿Qué pasa si cruzamos el
límite y vemos de qué se trata? ¿Cómo se crece si no se cruzan los
límites?”, cuestiona. “A mí me encanta ser hija de una humanidad que
se permitió buscar más allá de lo que tenía permitido. Me encanta
ser descendiente de una civilización que nació de gente como yo.
Somos hijos de personas falibles, vulnerables, buscadoras, que aman,
que odian, que mienten, que se arrepienten. La transgresión es una
dimensión del crecimiento, no es un pozo del que no se puede salir.”
Fuente
Página 12