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"Donde la Iglesia no engendre una fe liberadora, sino que difunda opresión, sea esta moral, política o religiosa, habrá que oponerle resistencia por amor a Cristo".
Jürgen Moltmann

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Trágica obsesión

Cuando edité mi segundo libro, la novela “La gran máscara” un locutor de radio preguntó a un colega sacerdote qué opinaba de mis denuncias sobre conductas desviadas de ministros de la iglesia que aparecían en el libro. Sin ningún, reparo aquel respondió “es que Mariani tiene obsesión por lo sexual”. Su afán de que todo permaneciera oculto, lo llevó a esta drástica descalificación de mi persona y mi libro.


Ahora, al enterarme de las declaraciones de Benedicto XVI en África, creo que nos encontramos realmente ante una obsesión en lo referido al sexo, que resulta trágica. Dejando de lado todas las aberraciones a que ha llevado dentro y fuera de la iglesia la abstinencia sexual impuesta, el papa recomienda ese único remedio para detener la epidemia del SIDA. Si en sus mismas declaraciones sobre el celibato sacerdotal, él ha afirmado que se trata de un “carisma” es decir un don especial de Dios que no se puede entender sino por la fe porque es obra de la gracia divina, ¿cómo pretende ahora que todos los africanos tengan ese carisma de la abstinencia sexual?
En el mundo, las dictaduras han sembrado muertes a montones y la guerras han completado esta monstruosidad de los grandes sobre los pequeños y los más débiles. El papa, lamentándose de la injusticia que condena al hambre y la desnutrición, ha condenado él mismo a la muerte por un terrible flagelo, a millones de seres humanos. ¿De qué vale tanta preocupación por la “vida no nacida” si se rechaza y condena como pecaminoso y contrario a la voluntad de Dios, lo único que hasta hoy, puede salvar del contagio a millones y millones de vidas que pudieron traspasar la barrera del nacimiento y la mortalidad infantil?


Se trata de una terrible e invencible obsesión que produce una verdadera dictadura sobre las conciencias, teniendo como víctimas a los más simples que, como lo han mostrado las multitudinarias manifestaciones africanas, tienen puesta su esperanza de vida en el catolicismo y en su jefe máximo, desde el resignado desamparo en que viven.
Obsesión que es ceguera frente a los descubrimientos científicos que, por otra parte aparecen citados abundantemente en los documentos pontificios, en un alarde de erudición y cientificismo que muchas veces dificulta la lectura y comprensión de esos documentos, magistrales pero inútiles.


Los especialistas en bioética que la misma iglesia delegó para especializarse en esa difícil y tan exigente disciplina y los más avanzados teólogos moralistas, han rechazado hace tiempo las objeciones puestas al uso de preservativos para evitar la concepción, así como para otras prácticas legitimadas por el derecho de los padres a una planificación familiar racional y acomodada a su realidad, y aun para casos de interrupción del proceso de la vida iniciado por violación. La iglesia oficial no hace caso a las conclusiones científicas y mucho menos al clamor de compasión que brota de tantas vidas arruinadas sin remedio por someterse a los dictámenes de una moral anquilosada en principios que se dicen basados en la ley natural y son lo más antinatural de que pueda hablarse.


Llama la atención la expresión cariñosa del papa, a pesar de su rígida constitución bávara, para saludar a los africanos, imitando quizás actitudes de ese tipo de su maestro y predecesor Juan Pablo, pero toda su aparente ternura comprensiva, queda desfigurada por las drásticas declaraciones que sumen a todo el mundo en un desconcierto inigualable.
La decisión política de restablecer a todo trance la disciplina eclesiástica afirmando las más estrictas medidas del Concilio de Trento, parece obnubilar cualquier otra perspectiva. Lo cual está ligado seguramente al proyecto de recuperar el poder a la Iglesia, como sociedad superior al estado, que la convierta otra vez en dueña de la sociedad y del mundo disponiendo de un ejército disciplinado y sujeto a todas las decisiones de su poder monárquico.


José Guillermo Mariani (pbro)


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Última modificación: 30 de July de 2010