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Trágica obsesión
Cuando edité mi segundo libro, la novela “La gran máscara”
un locutor de radio preguntó a un colega sacerdote qué opinaba de mis denuncias
sobre conductas desviadas de ministros de la iglesia que aparecían en el libro.
Sin ningún, reparo aquel respondió “es que Mariani tiene obsesión por lo
sexual”. Su afán de que todo permaneciera oculto, lo llevó a esta drástica
descalificación de mi persona y mi libro.
Ahora, al enterarme de las declaraciones de Benedicto XVI en África, creo que
nos encontramos realmente ante una obsesión en lo referido al sexo, que resulta
trágica. Dejando de lado todas las aberraciones a que ha llevado dentro y fuera
de la iglesia la abstinencia sexual impuesta, el papa recomienda ese único
remedio para detener la epidemia del SIDA. Si en sus mismas declaraciones sobre
el celibato sacerdotal, él ha afirmado que se trata de un “carisma” es decir un
don especial de Dios que no se puede entender sino por la fe porque es obra de
la gracia divina, ¿cómo pretende ahora que todos los africanos tengan ese
carisma de la abstinencia sexual?
En el mundo, las dictaduras han sembrado muertes a montones y la guerras han
completado esta monstruosidad de los grandes sobre los pequeños y los más
débiles. El papa, lamentándose de la injusticia que condena al hambre y la
desnutrición, ha condenado él mismo a la muerte por un terrible flagelo, a
millones de seres humanos. ¿De qué vale tanta preocupación por la “vida no
nacida” si se rechaza y condena como pecaminoso y contrario a la voluntad de
Dios, lo único que hasta hoy, puede salvar del contagio a millones y millones de
vidas que pudieron traspasar la barrera del nacimiento y la mortalidad infantil?
Se trata de una terrible e invencible obsesión que produce una verdadera
dictadura sobre las conciencias, teniendo como víctimas a los más simples que,
como lo han mostrado las multitudinarias manifestaciones africanas, tienen
puesta su esperanza de vida en el catolicismo y en su jefe máximo, desde el
resignado desamparo en que viven.
Obsesión que es ceguera frente a los descubrimientos científicos que, por otra
parte aparecen citados abundantemente en los documentos pontificios, en un
alarde de erudición y cientificismo que muchas veces dificulta la lectura y
comprensión de esos documentos, magistrales pero inútiles.
Los especialistas en bioética que la misma iglesia delegó para especializarse en
esa difícil y tan exigente disciplina y los más avanzados teólogos moralistas,
han rechazado hace tiempo las objeciones puestas al uso de preservativos para
evitar la concepción, así como para otras prácticas legitimadas por el derecho
de los padres a una planificación familiar racional y acomodada a su realidad, y
aun para casos de interrupción del proceso de la vida iniciado por violación. La
iglesia oficial no hace caso a las conclusiones científicas y mucho menos al
clamor de compasión que brota de tantas vidas arruinadas sin remedio por
someterse a los dictámenes de una moral anquilosada en principios que se dicen
basados en la ley natural y son lo más antinatural de que pueda hablarse.
Llama la atención la expresión cariñosa del papa, a pesar de su rígida
constitución bávara, para saludar a los africanos, imitando quizás actitudes de
ese tipo de su maestro y predecesor Juan Pablo, pero toda su aparente ternura
comprensiva, queda desfigurada por las drásticas declaraciones que sumen a todo
el mundo en un desconcierto inigualable.
La decisión política de restablecer a todo trance la disciplina eclesiástica
afirmando las más estrictas medidas del Concilio de Trento, parece obnubilar
cualquier otra perspectiva. Lo cual está ligado seguramente al proyecto de
recuperar el poder a la Iglesia, como sociedad superior al estado, que la
convierta otra vez en dueña de la sociedad y del mundo disponiendo de un
ejército disciplinado y sujeto a todas las decisiones de su poder monárquico.
José Guillermo Mariani (pbro)
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