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El último vueloPara mí Mercedes Sosa fue un águila. Que creció y fue ascendiendo simple y naturalmente hacia el cielo latinoamericano para ser testigo no sólo del pequeño triángulo de su provincia de origen sino del gran triángulo argentino y latinoamericano incluyéndolo en su mirada aguda y maternal, en su corazón, y en su palabra musical. Un águila que cobró altura para que no le llegaran los disparos de los de abajo que la podían dejar sin alas y sin voz. Su conducta, siempre definida y valiente, supo decir palabras y guardar silencios en tiempos oportunos, evitando confrontarse y revistiendo las espadas de su mensaje con la ternura de su voz. No pudieron dejar de oírla en su exilio, y en la clandestinidad de su vuelta del destierro, a pesar de que quisieron suprimirla. Ya era demasiado grande para entonces, y tenía la fuerza del pueblo, como lo mostró aquel estadio que la recibió en Córdoba donde la velitas que empezaron a encenderse una a una lo inundaron de pronto convirtiéndolo en una hoguera fervorosa y revolucionaria. No rehuyó mostrarse del lado de la justicia y de los pobres cuando la requirieron periodísticamente. En la crisis del Campo en que pocos se atrevían a definirse por miedo a las cacerolas, ella manifestó claramente de qué lado estaba. Sus canciones concientizaron a la juventud de los 70. No era cantautora, pero tenía tal acierto para elegir las canciones con mensaje de ternura, de amor, de rebeldía o desafío, que cuando las interpretaba las hacía suyas y muchas veces cuando quisimos acordarnos de alguna de esas letras penetrantes dijimos “la canción de la Mecha” aunque perteneciera a diferentes autores. Fue verdaderamente una profesional. Su voz maduró en base a un constante trabajo por perfeccionarla y cuidarla. El tiempo y ese trabajo le fueron dando una redondez de energía y calidez que la convirtieron en “única”. A este propósito recuerdo haberla oído recomendar a los jóvenes cantantes la responsabilidad de cuidar sus gargantas sin recurrir a los gritos destemplados y a los excesos de la borrachera dedicándose a la disciplina de las clases de canto y vocalización. Ella lo hizo constantemente, por respeto a su público. Y hasta el fin fue notable el aprovechamiento del aire restringido que le brindaban sus pulmones y la expresión graduada de los agudos y graves de su voz. Su identificación con los pobres no fue sólo desde su historia personal sino desde su exquisita sensibilidad social y su fuerza para excitar el compromiso con el remedio de la pobreza estructural, aunque no hizo donaciones publicitarias ni mantuvo ninguna fundación. La conocí alrededor del 1965 en un ensayo de la tarde en que se preparaba un programa de Festirama en Río Ceballos. Estaba a la izquierda del escenario en el que se movían afiebradamente los “plomos”. Ella miraba simple y humildemente, esperando ser incluida en los que probaban sonido para actuar por la noche. Estaban entre otros Estela Raval y los cinco latinos que eran una explosión en el éxito. Mercedes era una personita insignificante casi imperceptible con su pequeño hijo al lado, a la izquierda del escenario. La saludé con un simple apretón de manos de cordialidad, como cura de Río Ceballos, pero sin darle ninguna importancia, como no la tuvo su actuación mezclada a las estrellas del momento. Y pensar que, pasando el tiempo se fue convirtiendo para mí en un punto de referencia que me sirvió de apoyo para muchos criterios de selección del lado en que debía ponerme en las contiendas políticas tan confusas por momentos. Escuchando “Cantora” me conmovieron especialmente dos canciones: “A esta hora exactamente” y el himno nacional argentino. Creo que la primera ha sido grabada ya en los tiempos finales. La respiración está limitada. Pero nadie como ella dirá nunca “hay un niño en la caáalle!”. Y su deletreo de las palabras del himno resulta un mensaje de cariño y alerta para los argentinos de hoy que nos olvidamos tanto del amor a la Patria que es, y nos entretenemos tanto con el ruido del dinero y las finanzas que nos prometen. El águila ha remontado su último vuelo. Se han dicho y se dirán muchas cosas sobre ella. Rescato especialmente, en estas circunstancias, esa mirada abarcativa de la patria grande y esa fuerza libertaria para decirlo todo en cualquier parte y en cualquier lugar, cantando. Se llamó Mercedes Sosa, sin pseudónimo publicitario, llevando con orgullo el apellido paterno teñido con el herrumbre y la pintura de la pobre y de su oficio. José G.Mariani (pbro) |
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