La Cripta Virtual: Un espacio para hablar Sin Tapujos

 

"Donde la Iglesia no engendre una fe liberadora, sino que difunda opresión, sea esta moral, política o religiosa, habrá que oponerle resistencia por amor a Cristo".
Jürgen Moltmann


 

 

Domingo 14 de Septiembre de 2008 - 24 durante el año litúrgico (ciclo “A”)

Tema: (Mt. 18,21-35)

Pedro pregunta cuántas veces debe perdonar a un hermano que lo ofende. Y Jesús le responde “setenta veces siete”. Luego narra una parábola aplicada al Reino de los Cielos. Un señor quería arreglar cuentas y llamó a los servidores comenzando por uno que le debía diez mil talentos. No podía pagar y el rey estableció entonces que lo vendieran a él su mujer, sus hijos y todo lo que tenía, para saldar la cuenta. Pidió clemencia y el rey le perdonó la deuda. Al salir encontró a un compañero que le debía unos cien talentos y tomándolo por el cuello le exigía que le pagase con amenaza de encarcelarlo. Los demás compañeros le fueron a contar al rey y éste indignado lo hizo comparecer ante él y le reprochó su conducta entregándolo a los verdugos hasta que pagara todo lo que debía. Jesús añadió que así hará el Padre celestial con quienes no perdonan de corazón a sus hermanos.

Síntesis de la Homilía

Hay toda una cuestión alrededor de esto del perdón cristiano. La experiencia lo ha desfigurado de tal modo que lo ha llegado a confundir con impunidad. Es evidente que la referencia es a ofensas personales dada la pregunta de Pedro. Y es también una realidad que las relaciones comunitarias se deterioran gracias a las ofensas personales. Y el contexto sugiere igualmente que se trata de modos de proceder interpersonales. La fuerza ha de ser colocada entonces, en primer lugar en la disponibilidad de perdonar al que me ha ofendido. Y entonces ha de ser ilimitada así como lo es la bondad de Dios para con nuestras ofensas. Pero hay un detalle que aleja de la posibilidad de convertir el perdón en impunidad. Y es la actitud de los deudores u ofensores que en ambos casos refleja voluntad de saldar la deuda pidiendo facilidades y plazos. Aquí reside la inexcusabilidad del perdón ya que implica una comprensión de la debilidad del que ofende que corresponde al reconocimiento de nuestras propias debilidades y limitaciones cundo ofendemos. Y aquí también se coloca el límite del perdón con la promesa, aunque no equivalga a seguridad, de reparar el daño causado y no reincidir. El argumento utilizado por Jesús es el paralelo con el amor misericordioso del Padre y con la universalidad de ese amor que mide a todos con la misma medida sin que haya privilegios ni excepciones.

Hay muchas falsificaciones de este perdón. Hay perdones por impotencia que se asemejan muchas veces a la cobardía para reclamar soluciones justas. Hay perdones por soberbia que tienen como objetivo sentirse superiores a los demás. Hay perdones de complicidad que no hacen sino favorecer el delito. Hay perdones de menosprecio que descalifican definitivamente a los ofensores. Para que el perdón constituya un testimonio del amor del reino, debe ser compromiso con la reparación de los daños, comprensión de todas las presiones que condicionan el accionar de cada ser humano, interés por toda la comunidad, trabajo por disminuir las ocasiones que provocan intranquilidad y molestia sobre todo cuando pueda tratarse de proceder injusto.

La alusión al perdón se ha hecho muy frecuente entre nosotros ante la abundancia de conflictos entre diversos intereses y criterios Muchas veces se blande como exigencia para que otros lo pidan buscando realmente su humillación que ciertamente es muy distinta de la humildad. Otras tantas hay pedidos de perdón tardías e ineficaces porque no remedian nada de los males producidos y son solamente un refugio y defensa del prestigio personal o institucional. En todos estos recovecos puede perderse la noción del verdadero perdón aunque nunca podamos excusarnos con eso, de cultivar una profunda disponibilidad para perdonar como somos o quisiéramos ser perdonados.

Buscando coincidencias entre las Lecturas

El libro del Eclesiástico hace ver que un espíritu rencoroso devora su propia paz y no puede pensar en el perdón de sus propios errores y pecados.

Porque Cristo es señor de vivos y muertos él nos alienta a fomentar la vida y felicidad de los hermanos como anticipo de la plenitud de la vida en resurrección.

Mateo insiste en la necesidad de limpiar el corazón de las ofensas recibidas para merecer la bendición y el perdón del Padre Dios.


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Última modificación: 15 de October de 2008